El menor no es un problema menor -Dr. Carlos Parma

El menor no es un problema menor -Dr. Carlos Parma

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Juez de Cámara del Tribunal Penal de Menores de Mendoza

Tengan ustedes muy buenos días. Agradezco formalmente a las autoridades de la ALIUP por la invitación que me han prodigado y el tema que voy a tratar es: “El menor no es un problema menor”.

La problemática del menor no es una problemática menor (valga la tautología); en realidad se trata de un problema multicausal, se trata de un problema multidimensional, donde cada vez que aparece un menor vulnerable, que es “convertido” —digamos— al delito o en riesgo con la ley, en realidad lo que estamos aquí diciendo es que hay, atrás de todo eso, desnutrición infantil, maltrato intrafamiliar, droga temprana; es decir, todos estos problemas que vienen de alguna manera, que llegan a que el menor en cierta medida sea convertido como si fuera en un embudo hacia el delito, condenado al delito.

Vemos, por supuesto, en su derrotero de ruta, en su bitácora de vida, no solo la presencia de las drogas como elemento exógeno, sino también el alcohol, la hipoculturización, la discriminación, el hábitat innecesario y además negativo; y sobre todo cuando, de alguna manera, la gran influencia de los padres negativos dentro de lo que significa su proceso.

Indudablemente que hay otros menores, otro gran segmento que nosotros lo vemos a diario, tal vez en la zona de la clase media, donde hay un verdadero espiral al vacío, que también se mueve entre drogas y alcohol.

Casi creo que todos conocemos cuál sería la solución a esto o dónde está el verdadero problema. El verdadero problema radica en la falta de contención. El garante primario ha fallado y así puede decretarse prácticamente la defunción en esta materia, la familia no está. La familia no está por diversas razones, pero no solo no está la familia, sino que tampoco está el Estado presente.

Y aquí es donde se produce el primer aborto posnatal; porque este aborto posnatal de la familia que no está y está ausente, deja al niño a la intemperie, un niño en formación a la intemperie. Esto de alguna manera debería ser contenido por el segundo garante, que es la escuela, que tampoco está; porque aquí es donde se produce la repitencia, los altos grados de deserción escolar y donde también vemos con muchísima tristeza cómo el chico va a la escuela a comer, no a educarse, a comer.

Y aquí sí enlazamos esto con lo que llamamos “extrema pobreza”, y que escuchamos en la primera disertación, las consecuencias de la extrema pobreza. Y que no vamos a decir cifras aquí porque sería un dato muy agorero (y además no quiero se lleven esta imagen mía, siendo una imagen verdaderamente negativa), pero las cifras hablan por sí solas.

Claro que uno como ya tiene muchos años en la vida, puede recordar un tercer garante que existió en la historia, que eran las parroquias, los clubes de barrio, de alguna manera servían de contención y las asociaciones vecinales, que servían de contención para que el niño pueda tener lo que se llama en psicología un sentido de pertenencia; y esto a su vez, darle por supuesto también una cierta autoprotección.

Entonces aquí tenemos los niños a la intemperie. Esta imagen demuestra en cierta medida todo, porque estos niños tienen que estar jugando, estos niños tienen que estar en la escuela y alguien de alguna manera, ya se llame el Estado o ya se llame la familia, robó su niñez, se llevó su niñez. Cautivos de esa niñez, los niños aparecen mendigando en las calles y trabajando en esta situación que se llama trata de personas, que también está involucrado el trabajo infantil.

¿Y el Estado? El Estado hace muchos años que ha decidido suicidarse. Es decir, a nosotros nos da la sensación que el Estado, creemos que el Estado está vivo (y me estoy refiriendo al Estado latinoamericano en general), creemos que el Estado está vivo, pero en realidad está muerto, es como un muerto que le siguen creciendo los pelos y las uñas, nos da la sensación que está vivo. En realidad el Estado ha decidido suicidarse porque ha abandonado hace mucho, pero mucho, decenas de años, el tema de la prevención.

Y como ya estaba en el oráculo de Delfos: “Cuando no se sabe a dónde ir, todos los vientos son malos”. Es decir, la política criminal no sabe a dónde ir y la política del Estado de prevención tampoco sabe a dónde ir; a pesar de buenos intentos que se pueden decir en materia de inclusión y que también, bien, y voluntariamente se han hecho, no han alcanzado para que nosotros podamos decir que hemos terminado con el verdadero flagelo para poder evitar la delincuencia.

Porque todos sabemos bien aquí, que para evitar la delincuencia lo que tenemos que tener es más educación, más vivienda, más salud, más trabajo; es decir, parece una verdad de Perogrullo.

Sin embargo, esto no sucede en la política, porque la política no lo asume así como un costo a largo plazo; entonces surge la respuesta impulsiva, la respuesta automática, simétrica, es decir: “impongamos la pena”; y la pregunta, por supuesto, que fluye prontamente, fluye naturalmente: ¿Vale la pena la pena?

Porque, en realidad, acá se ha instalado ya hace mucho tiempo en el imaginario colectivo, al decir de Durkheim o se podría citar a Bourdieu también como una creencia social, se ha instalado que el delincuente va a la cárcel a hacer un posgrado; es decir, el delincuente va a la cárcel a hacer un máster, lo que no sabe lo termina perfeccionando en la cárcel. Si esto es realmente así, realmente hemos fracasado y las políticas criminales han fracasado y las políticas preventivas han fracasado.

Esta frase de Foucault, cuando él estaba anunciando en la década del 60 que el hombre que mató a Dios ha muerto, para terminar así con la filosofía de la sospecha, esa filosofía que era capaz de matar a Dios, como Nietzsche; que era capaz de matar al padre, como Freud; que era capaz de matar a la familia o al capital, como Marx; se había suicidado esa filosofía de la sospecha de imperios absolutos en el conocimiento; aparecía Foucault diciendo: “El hombre que mató a Dios, ese hombre absoluto ha muerto porque la posmodernidad ha aparecido”. Y esta posmodernidad que ha aparecido, indudablemente viene a sellar esto que para nosotros no es más que... con una frase que se le atribuye a Concepción Arenal: “En los muros de la cárcel está escrito con carbón, que aquí el bueno se hace malo y el malo se hace peor”. Es decir, que parecería que en los niveles de encierro no hay una solución para poder transpolar a la comunidad.

Y esta idea de la pena pasa a ser algo que nos tenemos que hacer la gran pregunta: “Dime qué cárcel tienes, y te diré qué sociedad quieres”. Porque la gente que está en las cárceles, en el encierro, son gente como nosotros; no son ellos y nosotros, no es el otro, no es el diferente, no es el discriminado, somos nosotros.

Y a la cárcel llegan los delincuentes fracasados, porque los delincuentes exitosos no llegan a la cárcel, a esos les va muy bien; y llegan delincuentes torpes, y sobre todo delincuentes pobres. No puede ser que el sistema penal no pueda resolver aún esto de que solo pobres hay en las cárceles. Tal vez algún matemático me podría decir a mí aquí que en el cálculo de probabilidad es imposible, debería por lo menos haber un 3 % de ricos, un 1 o un 0.5 o 1. Sin embargo estas cuestiones no suceden, estas cuestiones en la realidad no suceden, de tal manera que el sistema está de fracaso en fracaso.

Entonces aquí me parece que están los dos grandes problemas que tenemos en Latinoamérica: por un lado la violencia, la extrema violencia, y por otro lado la corrupción del Estado. La corrupción del Estado en dos formas: por un lado en los poderes del Estado y en los funcionarios públicos. Pero los poderes del Estado están corruptos y esto también es un problema, no el funcionario, el poder en sí mismo, el sistema, ha de decir Max Weber.

La violencia es lo que hay que tocar; y este tema de la violencia intrafamiliar, que pasaría a ser el tema decidendum, porque es allí donde se produce un corsi e ricorsi, el ciclo de violencia, lo que el chico va aprendiendo en la casa, lo que va aprendiendo de su madre, lo que va mamando; también va viendo al padre golpeador, que en intramuros se constituye en el verdadero inquisidor; y larga la premisa del inquisidor, agresor, intramuros, habla, manda la premisa: “Lo que sucede en la familia se soluciona en la familia”, ¡claro!, porque lo soluciona él; o sea, él pega y él perdona.

Y en este problema tremendo que tenemos en Latinoamérica, tremendo el problema que tenemos en Latinoamérica, después vemos los otros tipos de violencia, que nace ahí en la casa y que se va también hacia la institución.

La propuesta un poco es la siguiente. Hemos trabajado este tema, he tenido la suerte, el honor de trabajarlo con el Dr. Franco Fiumara en nuestra querida Universidad de La Matanza (¡queridísima! además; y gracias por estar también aquí, doctor, es un honor verlo).

Aquí lo que hay que hacer es saber que aquí las ideas de acero inoxidable no son buenas consejeras, y que de alguna manera hemos vivido cerrando puertas; y es necesario abrir puertas, es necesario constituirse en un - dar un paso al más allá, ver donde no se puede ver, transpolarse; y estas no son más que las ideas que se proponen para ir a la facultad.

Hay que acercar de alguna manera, abrir las puertas de la cárcel a la facultad; pero también las puertas de la facultad a la cárcel (o sea, un viceversa). Tratar de que los alumnos de alguna manera vean, tomen conciencia, que para el bien común hay gente que está encerrada; y las cárceles no pueden transformarse en un depósito de cuerpos. Hay que de alguna manera acrecentar la responsabilidad social universitaria, saber que el proceso para la paz es un proceso de empatía, es un proceso de ayuda, es un proceso de tolerancia.

En definitiva, si queremos un mundo mejor, tenemos que ser nosotros mejores; y para ser mejores es necesario que lo seamos en un mundo de igualdad, donde veamos al semejante no como una amenaza, sino como una promesa y como una esperanza.

Muchas gracias.