Dr. William Soto Santiago, Embajador Mundial y Presidente Ejecutivo de la EMAP - Lanzamiento de proyectos de la EMAP en el Congreso de Paraguay

 

Honorable Presidente del Congreso Nacional del Paraguay, senador Blas Antonio Llano; honorable Vicepresidente de la Cámara de Diputados, diputado Amado Florentín; Presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Senadores, mi amiga senadora Blanca Fonseca; Presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados, diputada Olga Ferreira; y también un saludo especial a mi amiga senadora Mirta Gusinky, y también a mi amiga senadora Emilia Alfaro; parlamentarios, cuerpo diplomático, autoridades políticas, académicas y judiciales; miembros de la prensa. Muy buenos días.

 

LA PAZ COMO DERECHO DE TODO SER HUMANO

Hay una necesidad fundamental que comparte todo ser humano sin importar nacionalidad, cultura, etnia, religión o condición socioeconómica: Todos queremos vivir en PAZ.

 

La paz es el estado integral de equilibrio donde el ser humano se encuentra en armonía consigo mismo, y en plena convivencia con lo que le rodea y la sociedad.

 

La paz interior del ser humano, la paz con su prójimo, con la sociedad o entre naciones, no es un estado emocional o la simple ausencia de problemas, conflictos, guerras, etc.; es una forma de vida que se sustenta en los pilares del respeto por la dignidad humana y los derechos fundamentales de los individuos y de los pueblos, en la justicia y la práctica de principios y valores universales.

Pero es necesario ir más allá de la teoría y entender que la paz no es un concepto abstracto; se podrá alcanzar cuando todos como familia humana pasemos de la teoría a la práctica de los pilares mencionados, de la intención a la acción.

La paz es un camino que estamos transitando, un proceso dinámico de mucho trabajo, esfuerzo, creatividad, perseverancia y —por encima de todo— del compromiso de cada uno de los que conformamos la sociedad donde vivimos. Todos podemos y debemos contribuir para crear una cultura de paz, en especial aquellas personas que ejercen un liderazgo o que están al frente de una institución, que en muchos casos a través de las leyes, proyectos y movimientos sociales, generan cambios y determinan el presente y el futuro de una nación, como lo son las autoridades gubernamentales, judiciales, los líderes políticos, sociales y religiosos; los catedráticos, profesores, y los medios de comunicación.

Estamos viviendo en una generación que ha pasado por muchas transformaciones políticas, culturales y tecnológicas; con la globalización no existen las fronteras que antes dividían los pueblos; por esa razón han surgido también nuevos retos internacionales para alcanzar la paz.

En nuestro tiempo se habla de una tercera generación de los Derechos Humanos, llamados también los Derechos de los Pueblos, y se ponen por obra gracias al valor de la solidaridad entre las naciones; y uno de estos derechos es “la paz”.

La Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas, en la Resolución 39/11 del 12 de noviembre de 1984, en la “Declaración sobre el Derecho de los Pueblos a la Paz”, proclama solemnemente que los pueblos de nuestro planeta tienen el derecho sagrado a la paz. Los Derechos de la tercera generación son parte integrante del sistema de Derechos Humanos y la mayoría de los países han llegado a un consenso para apoyarlos; sin embargo, eso no quiere decir que los países tengan que aplicarlos de manera obligatoria ya que estos nuevos Derechos no han sido reconocidos por un tratado internacional vinculante para los Estados que lo ratifiquen, por lo tanto no pueden reclamarse ante un tribunal; es decir, estas resoluciones de la ONU se ven enfrentadas al valor jurídico.

A pesar de este contexto mundial, es una responsabilidad de los Estados, de las autoridades y de todos nosotros desde el lugar donde estamos, trabajar para que este Derecho a la Paz sea reconocido internacionalmente, y de manera regional debemos promover y esforzarnos para alcanzar la paz, para que los demás derechos estén garantizados; es nuestro deber transmitirlo a las generaciones presentes y venideras para garantizar la perpetuación de la vida y la convivencia pacífica en el futuro.

¿Y cómo se transmite este derecho? ¿Cómo se enseña y se promueve su práctica y su defensa? A través de la educación integral; porque la educación es un poder, una herramienta para transformar mentalidades y acciones, por ende para cambiar al mundo. Se educa para la paz o para la guerra, se enseña a amar o a odiar, a respetar o a discriminar.

A través de la educación podemos sembrar en el corazón de las personas principios y valores que luego proyectarán a través de sus acciones; y debemos cuidar que todo lo que sembremos dé buenos frutos, porque el mensaje que se siembra en el corazón pasa a la mente y luego a la acción; y como bien lo dice la Unesco: “Las guerras nacen en la mente de los hombres, y es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz”.

En la educación está la semilla del bien y del mal. En nuestras manos está sembrar semillas del bien, regándolas con el principio del amor por el prójimo y los valores fundamentales universales, para entonces cosechar frutos de acciones pacíficas que produzcan la plena felicidad en el ser humano, en los pueblos y en el mundo.

La paz no es una utopía. La paz es más que un anhelo: es una necesidad.

La paz definitivamente es un derecho inalienable, un derecho intrínseco de la persona, que engloba todos los derechos fundamentales. Por esa razón, en la Embajada Mundial de Activistas por la Paz desarrollamos proyectos y campañas que, más allá de los conceptos jurídicos, permiten sensibilizar y concienciar a los individuos, pueblos y naciones, de la urgente necesidad de considerar la paz y la felicidad como derechos fundamentales de los seres humanos.

El objetivo final del ser humano es la felicidad; sin embargo, no hay felicidad sin paz. Y para alcanzar la paz se necesita que en la nación se respeten todos los Derechos Humanos de los ciudadanos. Para vivir en una sociedad donde se respeten los derechos fundamentales, es necesario que las personas sean educadas con ese fin y que trabajen por él.

La felicidad no es un estado de ánimo momentáneo, es un derecho del ser humano que debe ser garantizado por el Estado y protegido por la ONU, y debe ser reconocido como tal. Superficialmente se entiende el término como algo subjetivo, pero el concepto tiene fundamento objetivo.

Este planteamiento de la felicidad como un derecho, lo señalaron personajes históricos y algunos países hace ya algunos años. La Declaración de Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica señala el derecho a ser feliz como uno de sus principios fundamentales.

Por otra parte, en el Artículo 13 de la Constitución española de 1812 se establecía: “El objeto del gobierno es la felicidad de la nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen”.

El Libertador Simón Bolívar, en el Discurso de Angostura del 15 de febrero de 1819, expresó: “El sistema de gobierno más perfecto es aquel que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política”.

Hay países donde la felicidad es un Derecho Constitucional, como es el caso de Japón, Brasil y Corea del Sur. La Constitución de la República de Corea del Sur, en su Artículo 10 señala que todos los ciudadanos tienen derecho a ser felices: “Todos los ciudadanos tienen garantizado su valor humano y dignidad, y tienen derecho a perseguir la felicidad. Es deber del Estado confirmar y garantizar los derechos humanos fundamentales e inviolables de las personas”.

Inspirados en dichas iniciativas y sus positivas consecuencias, la Asamblea General de la ONU, en la Resolución 66/281 del 12 de julio del 2012, decretó el 20 de marzo como Día Internacional de la Felicidad, para reconocer la relevancia de la felicidad y el bienestar como aspiraciones universales de los seres humanos, y la importancia de su inclusión en las políticas de gobierno.

Esta resolución insta a todos los Estados Miembros, a las organizaciones nacionales, regionales e internacionales, a la sociedad civil y a las personas, a celebrar este Día, y promover actividades concretas, especialmente en el ámbito de la educación.

Honorables congresistas: Ustedes tienen en sus manos la gran responsabilidad del presente y futuro de una nación, pues sus decisiones influyen en el bienestar de la comunidad, y las leyes que ustedes aprueban trazan el camino de todo un pueblo en la búsqueda de esa tan anhelada  felicidad.

Como Embajador y Presidente Ejecutivo de la Embajada Mundial de Activistas por la Paz, pongo a disposición de ustedes, honorables congresistas, todos los proyectos de la Institución, los cuales han sido creados con el objetivo de contribuir a la paz y felicidad de la familia humana.

La semilla de la paz está en nuestras manos para ser sembrada en el corazón del ser humano, para que germine y produzca frutos de amor, justicia y —por ende— de paz y felicidad, en las presentes y en las futuras generaciones. 

Muchas gracias.