Dr. José Arroyo | Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto en Costa Rica

Dr. José Arroyo | Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto en Costa Rica

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Muy buenos días a todas y a todos. Señor William Soto, Embajador Mundial de Activistas por La Paz; Doctor Gilbert Armijo, Presidente de la Sala Constitucional; Don Manuel Ventura, Juez de La Corte Interamericana de Derechos Humanos; Señora Gabriela Lara, Directora General de La Embajada; Señor Eduardo Trejos Lalli, Vice-Canciller de La Republica; Señor Camilo Montoya, delegado ante el Tribunal Superior de Bogotá; Señor Ricardo Martinez, Oficial Nacional de Educación de La UNESCO; Señora homenageada, Doña Frida Goldberg, y Señor Salomón Fachler, también homenageado.

Señoras y señores del cuerpo diplomático acreditado en Costa Rica, representantes de institutos internacionales; Señor Magistrado de la Corte Suprema de Justicia, señoras y señores diputados, alcaldes, rectores, universitarios invitados, invitados especiales, estimados todos y todas.

Nos unimos hoy a la Celebración del día Internacional de conmemoración en memoria de las víctimas del holocausto, que se realiza el 27 de enero de cada año, con el propósito de recordar y honrar a las víctimas de este terrible acontecimiento que no solo afectó a las víctimas directas, sino, que también representa un hecho de profundo dolor para toda la humanidad.

Acatamos así la decisión de la asamblea general de las Naciones Unidas, que en resolución 607, del 1ro de noviembre del 2005, fue tomada durante sucesión plenaria 42, después de una sesión especial que se celebró en enero de ese mismo año; en donde la asamblea conmemoró el 60 aniversario de la liberación de los campos de concentración, implantados por el nacional socialismo Alemán, en la tercera y cuarta décadas del siglo pasado.

Previo a esta designación efectuada por la asamblea de las Naciones Unidas, tanto en Alemania como en la Gran Bretaña, ya se habían proclamado días de recordatorio al Holocausto, para marcar una fecha de reflexión sobre las atrocidades cometidas por bandas de fanáticos partidarios en perjuicios de millones de seres humanos.

Debemos recordar una vez más y aunque lo sabemos, que el término “Holocausto”, aunque con reminiscencias del antiguo testamento, hace referencia en nuestros días al brutal genocidio perpetrado por el régimen NAZI y sus colaboradores tanto en Alemania como en los países ocupados por esta, en el que fueron asesinados seis punto seis millones de personas judías, y un estimado de cinco billones de personas más, no judías, entre los cuales se encontraba 1 millón de gitanos, además ciudadanos polacos, comunistas, prisioneros de guerra soviéticos, alrededor de doscientos cincuenta mil personas con discapacidades físicas y mentales y nueve mil hombres homosexuales; todos muertos a mano de aquel oprobioso régimen y de sus colaboradores .

Los sobrevivientes tuvieron siempre dificultad para narrar la crueldad de la que fueron víctimas, y tuvieron que reconstruir sus vidas sin la presencia de sus seres queridos que habían muerto sin el consuelo de regresar a los hogares que habían conocido; sin sus pertenencias y muchas veces en entornos totalmente distintos y ajenos a lo que hasta entonces habían conocido.

De lo que he leído sobre este obligado tema para cualquier jurista preocupado por el humanismo, me ha impresionado particularmente la interpretación del sociólogo Polaco Estadounidense Zygmunt Bauman, quien señala que la diferencia entre el holocausto y la infinita serie de genocidios que han marcado la historia universal, es la impronta de la modernidad. La capacidad que se tuvo a la altura del siglo XX de aplicar al exterminio de seres humanos, toda la tecnología, la organización burocrática y la metodología de la producción de mercancías en serie y que concebida imprincipio para el alcance industrial y el progreso humano, fue aplicada de manera rigurosa, fría sistemática y demencial en la tarea de dar muerte a millones de seres inocentes, el traslado masivo de personas a centros de destino; su clasificación según condiciones naturales y personales, el diseño e instalación de los mecanismos de gasificación, y finalmente los delirantes métodos de cremación que buscaron inútilmente, borrar las huellas de aquella ignominia. Sí, la humanidad nunca tuvo tanto avance tecnológico, y nunca antes lo había puesto al servicio de semejante atrocidad.

La otra impresión imborrable que he tenido sobre este tema, viene de la pluma de Hannah Arendt, su profunda reflexión de gran vigencia sobre la banalidad del mal; Cómo explicar que seres humanos comunes y corrientes, es más, personas relativamente cultas, con acceso a los bienes de una sociedad desarrollada y moderna, supuestamente cristianas, son capaces de realizar los actos más atroces insertos en un engranaje del cual cada pieza puede alegar después que no sabía, que no conocía, que solo seguía órdenes y que no son capaces si quiera de visualizar su propia culpa y la responsabilidad que les corresponde en aquella catástrofe, o peor aún, banalidad que alcanza a personas capaces de perpetrar los denigrantes crímenes, justificándolos en la edificación de un mundo nuevo, de una nueva era, o bien en la superioridad de una raza u el destino ineludible de un pueblo.

Banalidad en fin de quienes fueron incluso cómplices siendo víctimas, por una comprensible estrategia de sobrevivencia en las más inhumanas condiciones.

Se estima que en el Holocausto, en total perecieron unos once millones de seres humanos, de estos, un millón fueron niñas y niños judíos. Para comprender el horror de lo que sucedió, debe mencionarse una vez más y hasta el cansancio, que de la población judía total que habitaba Europa, que eran unos nueve millones de personas, dos tercios fueron asesinadas.

Durante 6 años, desde 1939 hasta 1945, los judíos fueron víctimas de ataques y asesinatos en los que han sido el genocidio más grande de la historia moderna; hechos que formaron parte de un más amplio engranaje de actos de opresión y matanza, perpetrados por los nazis contra varios grupos étnicos y políticos en Europa. Esto fue posible gracias a la insistencia de una burocracia estatal, al funcionamiento de un estado que ha sido calificado como “Estado Genocida”, el cual creó una red de 42,500 locales en Alemania y los territorios ocupados para concentrar, confinar y dar muerte a judíos y a otras víctimas.

El espanto recrudece cuando se piensa que entre 100,000 y 500,000 personas fueron participantes directas en planear y ejecutar este genocidio, que se realizó en etapas. Primero la promulgación de leyes que excluían a los judíos de su participación en la sociedad civil, luego, al inicio de la segunda guerra mundial, la concentración de campos en campos y guetos para recluirlos, después matanzas masivas mediante fusilamientos, el transporte a campos de exterminio y con la llamada solución final, las muertes en los hornos de gas que continuaron hasta concluir la guerra en 1945.

Precisamente por esto, tenemos que estar alertas en nuestros días, sobre cualquier iniciativa de ley que promueva la discriminación, la concepción de enemigo a todo el que es diferente a las mayorías; alertas frente a las estrategias de castigos penales irracionales o desproporcionados, alertas ante la instalación o reinstalación de la pena de muerte o los flagrantes violaciones al debido proceso.

Sin embargo, una vez más en la historia el ser humano dio fe de su inquebrantable lucha contra la opresión y el mal, así como su disposición de combatir la injusticia. En el tiempo mismo de la persecución y el exterminio, hubo heroicos movimientos de resistencia interna que sembraron esperanza ante la victoria aliada final; pero quizá lo más significativo de aquella época tenebrosa, fue el resurgimiento de ideas libraritarias y democráticas en buena parte de la Europa Occidental, así como de un sistema de organización internacional de Naciones Unidas, sobre la base de un sistema de justicia y derechos fundamentales en declaraciones universales y en tratados de Derechos Humanos que nos rigen hasta hoy.

No puede dejar de decirse, para concluir, que hay dos cuestiones nefastas que combatir, y que ya han sido dichas esta mañana: La Tergiversación y el olvido. La evidencia de las fotos, películas, relatos de víctimas y testimonios de los ejércitos liberadores; registros históricos y las declaraciones de los pocos culpables que fueron enjuiciados en Núremberg, desmienten la versión de algunos, de que estos hechos no ocurrieron o fueron gravemente exagerados.

La humanidad no puede ni debe olvidar estos hechos, al contrario, debe hacerse todos los esfuerzos para que estos crímenes causados no por las fuerzas indómitas de la naturaleza, sino por la voluntad y acción de seres humanos, nunca se repita. Lamentablemente en el mundo actual, a 70 años de Auschwitz y de los errores que remembramos, encontramos que en pleno sigo XXI se vive la violencia de unos contra otros; matanzas indiscriminadas de poblaciones humanas, por el solo hecho de las diferencias étnicas, religiosas, condiciones de género, así como disputas territoriales, políticas, económicas y culturales. Ejemplo reciente de genocidio se han presentado en África, Oriente Medio, Asia y nuestra América Latina.

No puede entonces concebirse ni permitirse que en un estado o que un estado participe u omita repeler estos groseros ataques a la inherente dignidad del ser humano.

Los retos del estado moderno se resumen en hacer realidad para millones de personas, los hermosos preceptos de los instrumentos internacionales de Derechos Humanos, para que todas las personas, independientemente de su origen o condición puedan disfrutar de los derechos a la seguridad, a la paz y a la libertad de expresión y pensamiento de culto, a procrear una familia, entre otros, en condiciones materiales, espirituales, que hagan posible tanto individual como colectivamente su derecho a la búsqueda de la felicidad.

Corremos todas y todos el riesgo de que si se permite la negación de los derechos de unos, eventualmente eso conduzca a la negación de los derechos de otros y de nosotros mismos.

El concepto de la inherente dignidad del ser humano debe ser comprendido y respetado en todas sus dimensiones, y significa que no podremos jamás tolerar, participar o ignorar ningún acto de desprecio a la vida humana por más pequeño que este pueda parecer en el marco de la cotidianeidad de nuestras existencias.

Nadie puede ser concebido como sub-humano, ni debe ser cosificado, ni instrumentalizado por muy diferente que sea o por muy grabe o dañina que incluso haya sido su conducta en el migrante, en el miembro de una minoría, en el delincuente, en el enfermo, en el distinto; hemos de reconocer la llama viva de la dignidad humana, y ningún ser humano puede concebirse o estigmatizarse como enemigo social.

En Costa Rica, el poder judicial procura contribuir con su labor a la creación de una sociedad más justa, en la que los conflictos se resuelvan por las vías pacíficas que en las leyes se han consagrado, en la que el ser humano no está sometido a un poder político arbitrario, sino a reglas claras, democráticas y aplicables tanto a gobernantes como a los gobernados. Al menos a eso aspiramos con sinceridad. Nos enorgullece esto pero aún tenemos pendiente la deuda de la equidad y de la igualdad, especialmente para quienes en nuestra sociedad se encuentran en situación de desventaja, y además tenemos una tarea permanente, de demostrarle al resto del mundo que sí es posible una convivencia pacífica, respetuosa de los derechos de todas las personas que integran la sociedad y complementan de manera diversa toda actividad humana y sus múltiples expresiones.

La resolución que crea este día de conmemoración insta a cada nación que integra las Naciones Unidas a honrar la memoria de las víctimas y promueve el desarrollo de programas educativos sobre la historia del holocausto, con el fin de prevenir los actos de genocidio, intolerancia religiosa, acoso o violencia contra las personas o comunidades motivados por su origen étnico o creencias religiosas; además insta a que se realicen acciones para preservar los sitios que fueron utilizados por los nazis como campos de muerte, campos de concentración, de trabajo forzado, inficiones, así como establecer un programa de la ONU para la extensión y movilización de las sociedades, para la remembranza y educación de futuras generaciones sobre el holocausto.

A pesar de los horrores del pasado y del presente, deseo concluir con un mensaje de optimismo y esperanza, de que aún tenemos la oportunidad de aprender de los errores, rectificar el rumbo y crear una sociedad en que prevalezcan la paz, el respeto, la armonía y la profunda convicción de que todos los seres humanos somos igualmente dignos.

Este es un objetivo que no solamente beneficia a los demás, sino que asegura que nuestras propias familias y nosotros mismos, nunca tendremos que padecer episodios como el holocausto.

La humanidad ha de seguir apostando sobre el progreso humano, el respeto a la dignidad de las personas que solo se manifiestan el respeto a sus derechos inalienables y en un amplio concepto de tolerancia de las diferencias, que es donde se juega el destino de la democracia.

Muchas gracias, muy buenos días.